Una de las primeras cosas que me enseñó mi padre, acerca de cual debía de ser mi comportamiento frente a los demás, fue el valor de la palabra dada. Y él lo recalcaba con la siguiente expresión: “la palabra del Hombre debe ser lo mismo que una escritura” y agregaba, “si tú te comprometes verbalmente a hacer algo, debes cumplirlo aunque no esté escrito”.
Para mí esas enseñanzas que recibí desde niño, siguen vigentes hoy aunque haga ya cerca de 70 años que las recibí.
Claro que debo reconocer que a lo largo de ya mi extensa existencia, he visto que algunas veces, algunas personas, parecen no haber tenido la suerte de tener un padre como el mío o simplemente han hecho caso omiso de esos preceptos morales.
Así vemos que en el plano sentimental el compromiso de afecto permanente entre dos personas, familiares o amigos, frecuentemente se rompe por incumplimiento de uno de ellos.
En el plano económico, vemos a menudo que una de las partes falta a un compromiso y se rompe un negocio pactado de palabra.
Tampoco escapan a la falta de respeto a lo prometido las relaciones políticas, por las cuales se realizan acuerdos preelectorales, que luego no se cumplen. En este caso, el asunto es más grave, por cuanto no sólo involucra a las personas que pactaron, sino que el incumplimiento, hiere la confianza pública del partido político en el cual se realizó el acuerdo.
Esto último parece no tenerse en cuenta por ciertos actores políticos, cuya palabra no tiene “el valor de una escritura”, como decía mi padre.
¡Lástima, que quien paga esta falta a la palabra es el partido, en términos de credibilidad de su potencial electorado!