Nos es grato, a los liberales, ver desde la platea el gran espectáculo de la democracia. Por más que a veces se trata de aburridos actos protocolares, cada asunción de mando de los gobiernos electos, con la plenitud de las libertades en funcionamiento, nos llenan de regocijo. Esto, a pesar que los protagonistas no sean ni ideológica, ni personalmente, aquellos que nos hubiera gustado ver con la banda presidencial.
El Uruguay tiene esas cosas. Somos una banda de politólogos congénitos que nos peleamos hasta con nuestros familiares por la política. Como los gurises por el primer lugar en la fila de la escuela. Pero después, como ellos, nos formamos civilizadamente para cantar el himno nacional.
El 1º de marzo asumió como Presidente de la República José Mujica. Los titulares de los grandes medios de comunicación internacionales destacaron, casi en forma calcada, que un ex guerrillero había logrado la primera magistratura. Si se quiere, cualquier lector del planeta puede darle al destaque un tinte pintoresco. Algo así como cuando los uruguayos, por ejemplo, leímos la noticia que destacó a un indígena cuando asumió la presidencia de Bolivia o que un negro llegó a la Casablanca. Claro, no es lo mismo el hecho para los bolivianos o los estadounidenses que para nosotros. Bolivianos y yanquis sabrán, por haberlo vivido, cuan largos y costosos habrán sido los procesos históricos que les permitieron a Evo Morales y Obama llegar al poder.
Lo que sí sabemos, es cuál ha sido el proceso que le permitió a Mujica llegar a la presidencia del Uruguay. Por lo que nos costó a todos y por lo que le costó a él. Es cierto; el hecho es muy pintoresco también para los uruguayos. Pero fue un proceso igualmente doloroso desde el momento en que, su periplo, nace con la empuñadura de las armas para revolucionar el sistema republicano vigente en la década de los sesenta.
“Yo dormía y soñé que la vida era alegría. Me desperté y vi que la vida era servicio. Serví y comprendí que el servicio era alegría”, dice Rabindranath Tagore.
Creemos en las libertades, estamos a su servicio. Jamás simpatizamos con acciones armadas, cualquiera sea su signo, como forma de acceso al gobierno. El MLN nunca nos simpatizó. Ni sus acciones, ni su ideología (si la tuvo), ni su manera de “servir”. Sin alegría, sino con resentimiento. Pero hoy, yo, tengo una alegría liberal. Ha vencido la democracia.
“Nadie puede decir - expresó este viejo tupamaro debajo de la estatua de Artigas -, que hoy no soy una criatura domesticada”. Por lo dicho por él, sostengo que hemos vencido. Hemos vencido a las armas. A las de la dictadura primero y – ahora podemos decirlo por lo domesticado que está- a las de los tupamaros después.
¡Salud!
* Secretario General de la Agrupación Reconquista del Partido Colorado